PIPO PESCADOR DESDE ALEMANIA

«Ubi bene, ibi patria». «Donde se está bien, ahí está la patria»

ENTREVISTA A ENRIQUE FISCHER “PIPO PESCADOR”

Por Martín Marcou

En las afueras de Eberbach, ciudad ubicada al norte del Estado de Baden-Württemberg, a orillas del Rio Neckar, en Alemania, en una residencia en lo alto de la montaña y en una zona contigua al bosque de Odenwal, vive actualmente Enrique Fischer, mítico animador infantil y uno de los precursores, junto a María Elena Walsh, del género en Argentina. Instalado en ese país desde noviembre del 2015 y con doble ciudadanía, después de haberse retirado definitivamente de la vida pública como Pipo Pescador, reflexiona en esta entrevista sobre su estado actual, su partida definitiva de Argentina, la relación con la fama y el vínculo con el periodismo cultural.

Ya instalado definitivamente en Alemania, ¿cuáles son tus actividades favoritas actualmente?

Como mi balcón esta volado a 200 metros de altura, tengo instalado un comedero para los cuervos que ya me conocen y vienen a llevarse su ración diaria de carne cruda. Esa actividad me encanta, es una de mis favoritas. También restauro muebles antiguos y cocino mucho para mi familia. Salgo con mi yerno a pasear a nuestro perro y caminamos entre 3 y 4 km por día. Me traje de Argentina los objetos que quería conservar para siempre conmigo y mi casa es mi refugio y mi santuario; tengo cientos de libros en castellano y compro en España lo que deseo leer y me llega por correo. Leo cuatro o cinco horas diarias y mis hermanos me mandan lo último que se publica en Argentina, leo los clásicos argentinos y de todo el mundo, porque quiero saldar la deuda que tenía con muchos autores maravillosos. Estoy escribiendo una novela que se llama OXÍMORON hace 3 años. La Novela aborda el tema de la fama.

¿Cuánto influyeron tu hija y tus nietos en tu decisión de irte del país?

Mucho. Quería ayudar a mí hija en todo lo que pudiera, ya que arrastro una vieja deuda de atención con ella, porque durante su niñez no pude darle lo que hubiera querido, abducido totalmente por el éxito y el trabajo como Pipo Pescador. También necesitaba estar con mis nietos. Sentí un fuerte deseo de vivir mi etapa de abuelo, sin perderme parte de su infancia (el varón tenía 5 años cuando me vine a Alemania). También tengo una nieta adolescente. Ese deseo me hizo cerrar el proyecto que llevaba adelante, vender todo y salir del país.

Mi nueva vida es maravillosa. No estoy solo, como estaba en Bs As. Vivo en una casa grande que me permite tener cerca a mi familia pero con mi espacio propio.

¿Además de la familia, qué motivos te impulsaron a irte definidamente de Argentina?

Yo he sido desde siempre una persona del mundo, he viajado mucho y he vivido años fuera de Argentina y siempre supe que cuando mi madre falleciera (vivió 94 años) yo dejaría el país. Año tras año, fui asistiendo a la transformación de Argentina. Se volvió un país diferente del que era; no se trata de evaluar las razones por las cuales paso este fenómeno, sino de decidir si yo quería o no seguir viviendo la nueva realidad… y la elección fue irme. No estaba decidido a entregarle mi vejez al caos; tampoco podía ignorar la lenta e inexorable decadencia de la actividad teatral y televisiva… ni hablar de la educación pública, uno de mis fervores. Vendí todo lo que tenía, organicé de la mejor forma mi futuro económico y elegí Alemania, mi patria vieja, la tierra original de mi sangre y aprovechando mi ciudadanía alemana, me instalé y aquí estoy hace ya cinco años, muy feliz, con una alta calidad de vida, en un lugar hermoso en las montañas, junto a un enorme bosque. Argentina saldrá adelante, porque constantemente aparecen nuevas personas, muchas jóvenes que traen nuevas miradas y oxigenan el ambiente. Los escucho con mucha satisfacción y les deseo lo mejor. Yo no tengo ya tiempo para apostar a esos horizontes futuros porque tengo 75 años y prefiero vivir en un país más ordenado el tiempo que me quede. Me preocupa Argentina, como me preocupan otros países, especialmente en los que tengo amigos o familia. Deseo ver un mundo mejor, con menos pobreza, con menos racismo, con menos violencia. Si le va bien a Argentina, seguramente le ira mejor al mundo porque todo esta interconectado y las islas políticas y culturales suelen hundirse en el mar.

¿Qué lectura podés hacer de la fama después de haber transitado la experiencia?

La fama es un daño colateral del trabajo frente al público. En sí misma es insoportable, agotadora, invasiva, artificiosa, y solamente se puede convivir con ella, en el tiempo en que viene acompañada de éxito, de posibilidades laborales, de ingresos altos. Cuando yo fui famoso, estaba en tv diariamente y llenaba el teatro, la fama se volvía soportable, si querés divertida. Era lindo subir al avión y pasar a primera porque el comandante tenía hijos que me adoraban, ir a comer a lugares a donde no querían cobrarte y te invitaban a volver cuando quisieras. También servía como una manera primitiva de venganza ante los que no confiaron en mí, ante los que se burlaron de mí y otorgaba una cierta seguridad, muy endeble pero seguridad al fin. El problema es que la fama continúa cuando se ha terminado el trabajo. La televisión te llama cuando le servís para algo y no te paga, la gente que te recuerda te sigue pidiendo autógrafos o fotos con el celular, te consideran propiedad privada, te recriminan que no estés en tv, como si fuera una decisión tuya no estar, se desilusionan si te ven más gordo o más viejo de lo que ellos pensaban. Ahí te quedan dos caminos: desaparecer y vivir en paz en un lugar adonde no seas conocido o seguir moviéndote en la farándula, luchando contra el olvido, inventando cualquier pavada para que se ocupen de vos un minuto y apareciendo cada vez menos en programas cada vez menos relevantes… hasta terminar esperando ser entrevistado a la madrugada en radios barriales, con la esperanza de que alguien te escuche y tal vez puedas resucitar. No estaba dispuesto a vivir esa segunda opción sencillamente porque me respeto, me quiero y me preservo.

¿Hay un modo o estado de la fama? ¿Cómo es?

El estado de fama es un estado alterado, una forma tóxica de comunicarse con el resto del mundo. No te aman a vos, aman tu fama. Algunos se identifican con vos y viven como de prestado un poco de tu luz. ¡Nos conocieron!… me dijo una vez un amigo. Si vos declinás, ellos declinan. Te exigen estar siempre arriba y se ponen furiosos si rechazás una propuesta. Sentís todo el tiempo que tu cotización sube y baja como si fueras el dólar. Sos y dejas de ser constantemente. La fama se deja voluntariamente un buen día, como se deja una pareja que ya no te hace feliz y no pasa nada, en tanto vivas en otro ambiente donde no te conozcan ni te humillen y fastidien haciendo comentarios libres sobre tu figura artística, preguntando cuando pensás volver y todas esos lugares comunes de quienes creen que vos sufrís terriblemente porque no apareces en los medios como antes.

¿Cómo fue tu relación con el público que te seguía?

Público para mí, es solamente el que paga la entrada. Público es quien establece un compromiso con su artista, lo sigue, lo valora y lo consume. La persona que mira por televisión es solamente un televidente. Nada que ver con el público. El televidente cambia de favoritos todo el tiempo y cuando su artista desaparece de pantalla lo reemplaza por el que sigue. Carlos Bala siempre me decía que para que la gente vaya a verte el sábado al teatro, tuvo que haberte visto el viernes por tv. Mi suceso inicial fue con el público real que iba a los teatros y los llenaba; yo llego a la tv siendo ya un artista con un amplio reconocimiento del público. Cuando empecé con la televisión, apareció otro tipo de gente, fanatizada, avasalladora, que me abordaba sin control, que me arrancaba pedazos de ropa y que pasaba de un amor frenético a insultarme si yo los evadía entrando rápidamente a un coche en marcha. Sentí por primera vez la sensación de ser un objeto de uso de la gente y me horrorizó. Durante algunos años era imposible comer tranquilo en un restaurante, ir a una playa a tomar sol o simplemente llevar a mi hija al Zoológico. Nunca disfruté esa manera de ser famoso. Prefería el prestigio que me daba el teatro. Me agobiaban las intrusiones de la gente, las invitaciones a presión, los compromisos extorsivos y las trampas donde caía sin remedio. Era tal la exigencia de vivir como Pipo Pescador, que postergué el resto de mi vida.

¿Cómo viviste el paso del teatro a la masividad?

Ese fue mi primer susto; la inesperada consecuencia de trasladar a un artista de teatro a la televisión. En la feria del libro, yo podía firmar cientos de mis libros en una sola jornada, sentado en el stand de la editorial. El público compra las obras de sus artistas elegidos. Cuando empezó mi carrera masiva, vendía un libro y firmaba cientos de papelitos y al final, con el auge de los celulares me pasaba la tarde haciendo «selfies». Trabajé en España cuatro años y regresé dispuesto a volver a mi viejo amor, el teatro. Me fue muy bien nuevamente y viví varios años muy buenos de trabajo en vivo, salpicados por visitas a los programas de tv. Mientras tanto el huevo de la serpiente esperaba en el nido. El teatro empezó a declinar, la televisión mostró su verdadera cara, la programación infantil empezó a responder a empresas y con el tiempo solo hacían teatro los artistas que estaban en tv. Transferían la frivolidad de la pantalla al escenario. Buenos Aires ya no era la ciudad cosmopolita donde amanecer con amigos; al teatro Colón ya no venían los grandes del mundo. Algunos lugares semi-secretos del teatro under que tanto amé en el pasado fueron cerrando sus puertas. Los artistas valiosos empezaron a irse y fueron reemplazados por gente con habilidades, sin mística. Vender un libro en las librerías era casi un acto milagroso. La música se volvió menos armónica, la prensa dejó de dar noticias ciertas para publicar presunciones y el público desapareció. Cuando un artista sale al escenario y conoce a la gente que está en la platea, algo anda mal. Al público no se lo conoce. Público no es la vecina, ni la tía, ni los compañeros de oficina. Eso es concurrencia.

¿Cómo fue tu relación con el periodismo cultural?

El periodismo siempre fue generoso conmigo. No tengo reproches para hacerle. Durante mi carrera fue fácil para mí tener portadas de diarios como La Nación o Clarín y jamás me faltó cobertura en mis temporadas teatrales. Por supuesto, hubo quien me sacó fotos para una nota determinada y luego las vendió a las editoriales clandestinas para publicar esos folletos fantasmas de quiosco que se agotaban en el día y no pagaban derecho alguno. Había de Sandro, de Palito Ortega y de todos los personajes populares. Algunas revistas como Gente me fueron fieles hasta los últimos tiempos y siguieron publicando notas cuando ya prácticamente me había retirado. El periodismo de oficio me respetó siempre, me valorizó siempre y eso no lo olvidare jamás. Los carniceros hicieron sus sangrías, de eso viven y fui víctima también como todos, tuve que esperar horas para entrevistas para que después me dijeran que se les había agotado el tiempo que tenían para mí, ocupándose de algún puterío del momento que interesaba más. Pero toda esa epopeya patética no es del periodismo, es del show de la noticia, que es otra cosa. El periodismo argentino de raza es valiente, se informa bien y muestra claramente lo que pasa, sabiendo muchas veces que mucha gente no leerá jamás nada que diga lo que no quiere oír. Los propaladores de información digitada por el poder de turno no son periodistas, justo es marcar la diferencia.

¿Cómo atravesaste la pandemia por Covid – 19 y sus contingencias?

Yo soy de los que pienso que alrededor de la pandemia se han tejido grandes negocios políticos y farmacéuticos en el mundo. Coincido con muchos que el manejo que se ha hecho en casi todo el mundo de este flagelo, no ha sido el mejor. Lamentablemente estamos en manos del poder que decide qué hacernos creer y nos lleva a cumplir su voluntad sobre la nuestra. La vacuna por ejemplo, fabricada entre gallos y medias noches de un día para otro es un ejemplo claro de eso. Es evidente que el mundo cambiará mucho en el futuro. No sé si para mal, la verdad no me quita el sueño, porque en todos los tiempos ha habido dramáticos terremotos sociales que luego han calmado.

¿Cómo ves la cultura hoy en día?

Hoy gracias a las redes sociales, artistas son todos, actores y músicos son todos, pintores son todos y ya no hay razón para que nadie se sienta único o intente imponer su estética. No importa si eso es bueno o malo. Es así. Los artistas duran muy poco en el candelero; la verdad ya no está en el talento, en la ideología desplegada, en la inversión en tiempo y en conocimiento. De las grandes obras de la música solo se escuchan las partes conocidas y los grandes eventos musicales son como muestrario de mutilaciones de las óperas y los conciertos. Solo interesa esa parte que el público disfruta. De los cantantes solamente la destreza, las notas altas imposibles son lo más importante. Los grandes tenores que hicieron sus nombres con los personajes míticos de las óperas clásicas, andan por el mundo cantando boleros y cumbias.

¿Cómo avizorás el futuro del arte y del espectáculo?

No creo que en el futuro aparezcan esos artistas que vimos en el pasado, geniales, únicos, inalcanzables. La mística se ha diluido y nadie quiere ser espectador más que de sí mismo y de sus cosas. Eso tenía que pasar porque el sistema afinó muy bien sus objetivos y alcanzó el máximo que es lograr que el hombre se compre a sí mismo y gaste dinero en su propia entronización. A partir de esta realidad podemos pensar el futuro del espectáculo y del arte en general. Yo no veo emoción artística genuina en el futuro, sino constructos empresariales diseñados para vender. Los artistas del presente son muy diferentes a los de mi tiempo. Se ocupan mucho de redondear una imagen y trabajan para mantenerla intacta, haciendo modificaciones destinadas a abrirse a mercados que no tenían. Casi nada de lo que hacen responde a un deseo de expresar algo; los empresarios van chequeando las ventas y terminan con todos los sueños personales: el artista debe hacer lo que le indican, porque eso es lo que sirve. Si no lo hace, otro lo reemplazará. A veces aparecen artistas kamikazes que solo hacen lo que se les da la gana…y algunos por instinto embocan. La pandemia ha movilizado el teatro o algo parecido vía internet, que ayuda a los actores a seguir adelante, pero que no tiene nada que ver con el teatro real y entra en el universo de los servicios virtuales, muy lejanos del espacio físico y de la energía desplegada en la escena real.

¿Extrañás algo de Argentina?

El proverbio latino Ubi Bene Ibi Patria (tu patria estará donde te sientas bien), ha sido mi lema y nunca he exagerado demasiado el tema del nacionalismo, ni los determinismos de los países o las regiones. Hoy Alemania es mi patria y Argentina fue mi patria. Me quedo con lo mejor de Alemania y con lo mejor de Argentina. Gracias a los medios de comunicación, estoy cerca de mis hermanos, de mis amigos y sigo razonablemente el acontecer político y cultural de allá. No extraño los lugares, a veces extraño a las personas.

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