UNA BERNARDA ALBA QUEER SACUDE EL ONCE / CRÍTICA DE MARTIN MARCOU

La puesta de CHARLEE ESPINOSA reescribe el clásico desde las disidencias y
lo convierte en un acto de memoria, cuerpo y resistencia. //

UNA BERNARDA ALBA QUEER SACUDE ONCE
Crítica teatral de Martin Marcou

La puesta de Charlee Espinosa reescribe el clásico desde las disidencias y lo convierte en un acto de memoria, cuerpo y resistencia.
Este año se cumplen 90 años del asesinato de Federico García Lorca. Fusilado en 1936, el gran poeta y dramaturgo sigue reverberando en la cartelera porteña con una fuerza inusitada que lomantiene vivo gracias a todos los amantes de su obra. ¿Un Lorca queer? Sí, por supuesto. Hoy más que nunca. Porque hay algo profundamente marica en los mundos de Lorca y porque nuestros derechos están siempre en peligro, pese a quien le pese.
Todo tributo que amplíe la presencia de Federico, la diversifique y la haga brillar es bienvenido.
Sectores conservadores en todo el mundo han intentado acallar, a lo largo de la historia, su orientación sexual. Lorca era homosexual y el gran poeta español del siglo XX; para algunos sectores, esta idea era irreconciliable. Si hablamos de ediciones de su obra, en gran parte de su poesía han sido corregidas las marcas de género: palabras en masculino han sido modificadas o encriptadas para tapar evidencias y desvíos.

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Que exista una versión de La casa de Bernarda Alba en clave queer en este 2026 es una forma de refrendar todos los ataques, emboscadas, silenciamientos históricos y acechos que sufrió nuestro querido Federico, quien tuvo que inventar atajos para preservarse de miradas malintencionadas y que finalmente cayó en manos del peor verdugo.
Leerlo desde el presente, con mayor autonomía, es hacer justicia con la magnificencia de su obra, que grita libertad en todas sus formas. Las disidencias sexuales y genéricas tenemos el derecho de inscribir una nueva memoria lorquiana en el presente; podemos producir, desde nuestros cuerpos y subjetividades, nuevos modelos de (re)apropiación de su obra.
Y eso es lo que hace la obra de Charlee Espinosa: convierte el hecho teatral en un acto de pura potencia política en escena. Su versión es dinámica, intensa y se ahorra solemnidades. La propuesta no pide permiso para ser; sin embargo, sostiene el espíritu lorquiano pese a las
rupturas –atinadas– que despliega.
Las actuaciones son buenas y parejas: Pol Ajenjo construye con fuerza y solvencia su criada; Peter Pank y Rodrigo Peiretti, como Bernarda y Josefa, respectivamente, aportan su experiencia y realizan trabajos hermosos. Por otro lado, las hijas son llevadas adelante por Ignacio Daniluk, quien aporta misterio al material; Marcelo Estebecorena, que suma irreverencia y desparpajo; Diego López Barrionuevo, que propone eficacia y equilibrio a la pieza; y Dixie Valentine, una Adela fresca y luminosa, que aporta tensión y sensibilidad.

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La puesta, ajustada y pensada para una sala íntima, amplifica los vínculos y potencia los detalles del vestuario y la iluminación, que funcionan muy bien.
La obra, que funciona como un alegato queer en defensa de la libertad y las identidades maricas, no resigna momentos cómicos, despliega buen ritmo y se sostiene gracias al trabajo colectivo.
La producción, llevada adelante por María Thustra, es meritoria y potencia el conjunto.

Queda solo un domingo (29 de marzo) de esta segunda temporada, pero la obra fue invitada a
cerrar la 10ª edición del Ciclo Lorquiano, que se llevará a cabo en el mes de junio, y es muy
probable que veamos más funciones en breve.

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